Populismo en Latinoamerica

El populismo es un concepto cuya historia está signada por las dificultades que se hacen presentes en todo intento de dar de él una definición relativamente precisa. En nuestro caso, como un modo de recortar la amplitud de los procesos que la noción señala, nos centraremos sólo en el populismo latinoamericano.
En los distintos autores que abordaron la problemática[1][1], la complejidad del concepto se puede advertir por el hecho de que éste remite a una heterogeneidad tal que abarca una expresión o forma política, movimientos, partidos, gobiernos y regímenes, también rasgos tales como liderazgo carismático, nacionalismo, desarrollismo, reformismo, movimiento de masas, partidos políticos policlasistas e incluso a ideologías, actitudes discursivas o modos de interpelación.
Pero a la par de los obstáculos que el concepto suscita por su extensión y vaguedad, es sin duda su carácter polifónico el que aporta la riqueza y el que permite entender su insistencia como categoría inevitable de análisis en los procesos histórico-sociales de América Latina. Y ahora, cuando parecía que su alcance quedaba restringido, si no sepultado, luego de la hegemonía de los gobiernos neoliberales de las últimas décadas, la palabra populismo comenzó a sonar de nuevo, en los modos de lo que se ha llamado neopopulismo de mercado, al calor de Hugo Chávez en Venezuela, la asunción de Lula o simplemente como una dimensión que califica comportamientos en campañas políticas y en instituciones y organizaciones (como, por ejemplo, y es una hipótesis a debatir, la CTA).

Para Eduardo Rinesi vuelve a aparecer una preocupación por el populismo en la teoría, en algunos autores, “después del cierre o del agotamiento del ciclo teórico y político de lo que se dio en llamar la transición democrática en América Latina, en los años ‘80 e incluso a principios de los ‘90, donde más bien la reflexión política estuvo asociada a un paradigma básicamente liberal de constitución de formas de ciudadanía, porque este pensamiento de matriz liberal de la transición democrática, de la constitución de ciudadanos entendidos como individuos que internalizan un sistema de reglas de juego, reveló límites grandes para pensar la política efectiva”. Y ante ese agotamiento, agrega Rinesi, “la discusión en relación con el populismo entra en escena cuando uno se pone a pensar que el populismo no es un pecado de autoritarismo de los que no han comprendido la necesidad de suscribir formas adecuadas de ciudadanía sino que es un rasgo fundante de las identidades políticas latinoamericanas”.

Para desentrañar, aunque sea en parte, la madeja de significaciones del término populismo, según Juan Carlos Korol se pueden distinguir dos usos centrales: uno que lo ubica en tiempo y espacio y otro que lo acerca a cierto estilo político. “Las versiones que tienden a anclarlo en un momento y en un lugar en general reconocen al populismo como una expresión política que está muy ligada al momento de industrialización sustitutiva, al período posterior a los años ‘30 en América Latina y hasta los años ‘60. En general el populismo adoptó una política económica más bien redistributiva, y en términos de ideología, construía un antagonista que tenía que ver con las oligarquías o el imperialismo. Ésta es una visión acotada que suele ser útil en términos de precisión de la categoría. La otra concepción resalta ciertas características, básicamente el tipo de liderazgo que es más bien paternalista, a veces carismático, el tipo de alianza social que lo apoya, que suele ser heterogénea, y lo que podríamos llamar el estilo político, con lo cual uno puede encontrar rasgos del populismo antes del populismo clásico y sobre todo después”.
En sintonía con la primera manera de entender el término, José Vazeilles da cuenta de la heterogeneidad que abarca y su ambigüedad: “el populismo no es una forma orgánica sino que es una designación teórica utilizada para describir fenómenos que no cuadran en regímenes previos más definidos en América Latina, como pueden ser las dictaduras militares, los regímenes conservadores oligárquicos o el único caso de socialismo”.
En este sentido, en la bibliografía que se refiere al populismo –y sólo de los procesos históricos de América Latina– podemos notar la amplitud del término por el hecho de que, no sin discusiones y vacilaciones, se caracteriza como populistas, entre otros, los siguientes gobiernos: Yrigoyen y Perón en Argentina, Calles y Cárdenas en México, Getulio Vargas en Brasil, José María Velasco Ibarra en Ecuador, Paz Estensoro y Siles Zuazo en Bolivia, Víctor Raúl Haya de la Torre (por la fundación de APRA, aunque nunca llegó al poder), Belaúnde Terry, Velasco Alvarado y Manuel A. Odría en Perú, Fidel Castro en Cuba (“antes de la transición al socialismo” en palabras de Ianni), Batlle en Uruguay, Jorge Eliécer Gaitán en Colombia, Pérez Jiménez en Venezuela, Marin en Puerto Rico, Arbenz en Guatemala e Ibáñez en Chile.
Volviendo ahora a los usos del término, podemos decir que el populismo remite tanto a experiencias históricas definidas como el peronismo, el varguismo o el cardenismo, es decir, se lo entiende como un modo específico de hacer política, por un lado, y remite, por otro, a una dimensión presente en distintas prácticas políticas, por ejemplo, en sindicatos, organizaciones territoriales, partidos políticos, el movimiento piquetero, etc.
Señalemos por último que en contraste con la amplitud y riqueza de matices que el término populismo encuentra en sus usos académicos, se lo utiliza monótonamente muchas veces en la prensa actual como una manera de deslegitimar a algunos líderes de América Latina. Con este sentido peyorativo se hace referencia frecuentemente al supuesto de que las políticas económicas del populismo implican básicamente un aumento del gasto del Estado, que este aumento, por lo excesivo de su magnitud, genera un déficit en el presupuesto, y que este déficit origina una rueda de trastornos y desajustes económicos.

La política económica y social

Entre las características más destacadas de los populismos clásicos, en referencia particular a la esfera económica y social, se pueden mencionar procesos de industrialización por sustitución de importaciones y de urbanización.
El Estado, por su parte, interviene en las actividades económicas a partir de regulaciones y de empresas propias, controla los servicios públicos, emprende políticas redistributivas y asume tareas asistencialistas.
Según Juan Carlos Korol, “el populismo clásico implicaba una cierta alianza de sectores trabajadores, obreros, en algunos casos campesinos como es el caso de México, y políticas tendientes a la redistribución, a veces implicaba también el aumento del déficit de las cuentas del Estado y finalmente la industrialización sustitutiva”. Agrega, por otra parte, en relación con la constitución de la ciudadanía, que “en el populismo clásico se dio la incorporación al sistema político no de sectores excluidos sino no incluidos”.
Si bien el populismo adquirió en todos los casos una política distribucionista, hay que aclarar que en ningún momento persiguió una transformación socialista de las estructuras.

Para José Vazeilles los rasgos del populismo serían “proponer excepciones al régimen de propiedad para poder distribuir mejor el ingreso, o dar curso a una política laboral y entregarle al Estado el papel de contrapeso de los monopolios externos, para lo cual con mucha frecuencia tuvo que hacer emprendimientos estatales”.
Otro de los rasgos que suele caracterizar al populismo es el clientelismo. Se puede decir por ello que en el interior del populismo se entretejieron por lo general prácticas clientelísticas. Vazeilles, por su parte, radicaliza un poco más la afirmación porque remarca a este rasgo como una característica central de los más estudiados populismos latinoamericanos y extiende, a su vez, a partir de ella, el populismo como un rasgo también presente en la política de los EE.UU.: “El populismo no es un fenómeno sólo de América Latina –señala– sino en general de América, porque el gran partido populista es el Partido Demócrata de los EE.UU. que tiene un sistema muy parecido al radicalismo, al varguismo o al peronismo, es decir, una gran máquina fundamentalmente clientelística donde el aparato político se arma sobre una red de favores que permite el poder político”.

Para señalar ahora algunas medidas, prácticas o políticas específicas, tomaremos al peronismo como nuestra referencia histórica particular. Luis Alberto Romero comenta en su Breve Historia Contemporánea de la Argentina[2][2] que, durante la gestión de Perón al frente de la Secretaría de Trabajo: “además de dirimir conflictos específicos, por la vía de contratos colectivos, que supervisaba la Secretaría, se extendió el régimen de jubilaciones, de vacaciones pagas, de accidentes de trabajo, se ajustaron las categorías ocupacionales y en general se equilibraron las relaciones entre obreros y patrones, incluso en la actividad misma de las plantas. En muchos casos se trataba simplemente de aplicar disposiciones legales ignoradas. La sanción del Estatuto de Peón innovó sustancialmente, pues extendió estos criterios al mundo rural, introduciendo un elemento público en las relaciones manejadas hasta entonces en forma paternal y privada[3][3]. Y una vez llegado Perón a la presidencia, agrega Romero que “el Estado benefactor contribuyó decididamente a la elevación del nivel de vida: congelamiento de los alquileres, establecimiento de salarios mínimos y de precios máximos, mejora de la salud pública, planes de vivienda, construcción de escuelas y colegios, organización del sistema jubilatorio, y en general todo lo relativo al campo de la seguridad social[4][4]. A su vez, en cuanto a la política económica, menciona Romero una fuerte participación del Estado en la dirección y regulación de la economía, nacionalización de empresas extranjeras, como las vinculadas a ferrocarriles, electricidad, gas y teléfonos, y la nacionalización del Banco Central, desde donde se pudo manejar la política monetaria, crediticia y el comercio exterior.
En cuanto al modo en que se sitúa el peronismo en la relación entre el proletariado y la burguesía, Alberto Plá sostiene en “Nacionalismo, peronismo y América Latina”[5][5] que Perón se caracterizó claramente por una defensa de la burguesía industrial. Perón, afirma, “quiso aprovechar la fuerza social de la clase obrera para frenar la presión imperialista, y cuando esta dinámica corría el riesgo de escapar a su control, giró y frenó la acción independiente del movimiento obrero, en clara defensa del sistema capitalista[6][6]. Para Alberto Plá las medidas, que en muchos casos elogia y destaca, “no eran en sí mismas suficientes para romper la relación de dependencia estructural”[7][7]. En este sentido señala que es muy significativo que a pesar de las medidas que Perón implementó contra los capitales extranjeros, no tocó a los frigoríficos ni a los grupos eléctricos cuando a nivel económico la Argentina era productora de carne y cereales para el mercado mundial.
Durante el peronismo, la relación del Estado y los sectores subalternos encuentra uno de sus canales privilegiados en los sindicatos. Al respecto señala Plá que “la clase obrera organizada en los sindicatos era la columna vertebral del peronismo” y que esto le daba al movimiento “un contenido de masas” que permite diferenciarlo del “paternalismo populista de Vargas[8][8]. El otro canal, menos formalizado, tenía como emblema a Eva Perón y la fundación que llevaba su nombre, y se caracterizaba por la respuesta a demandas puntuales a través de la acción directa. Comenta Romero al respecto que “Eva Perón resultaba así la encarnación del Estado benefactor y providente, que a través de la ‘Dama de la Esperanza’ adquiría una dimensión personal y sensible. Sus beneficiarios no eran exactamente lo mismo que los trabajadores: muchos carecían de la protección de sus sindicatos, y todo lo debían al Estado y a su intercesora. Los medios de comunicación machacaron incesantemente sobre esta imagen, entre benefactora y reparadora, replicada luego por la escuela, donde los niños se introducían a la lectura con ‘Evita me ama’. La experiencia de la acción social directa, sumada al reiterado discurso del Estado, terminaron constituyendo una nueva identidad social, los ‘humildes’, que completó el arco popular de apoyo al gobierno[9][9]. Se puede destacar entonces, a partir de los rasgos recién enumerados por Romero, un fuerte peso de la dimensión simbólica. Y, tal vez, como su contracara, al hecho de que los nuevos actores políticos y sociales constituidos como ciudadanos a partir de una interpelación populista se reconocían incluidos en la vida política y social desde un sentimiento de pertenencia y no, en cambio, por ejemplo, a partir de una elección partidaria en el marco de distintas alternativas.

Alianza de clases
Uno de los enfoques más fructíferos es el que reconoce en el populismo la posibilidad de establecer una alianza de clases que por su fuerza pueda desplazar a la oligarquía de una posición hegemónica. Por ello suele afirmarse que, con diferentes matices según los países, el populismo en América Latina surge como respuesta a la crisis del Estado oligárquico y establece, en un marco donde se minimizan las contradicciones de clase, las condiciones para el desarrollo de los intereses de la burguesía industrial y la consolidación de la incipiente clase obrera.
El populismo, desde el punto de vista económico, plantea una suerte de armonía supuesta entre capital y trabajo y representa así una trasposición parcial de poder de las oligarquías a una alianza de clases sociales, por lo general urbana, que incluye la burguesía industrial, la clase media y el proletariado industrial. De todos modos, en sus comienzos, debe considerarse al populismo como semi-urbano, ya que se visualiza en las grandes ciudades pero participan actores provenientes de espacios rurales.
Según Octavio Ianni en La formación del Estado populista en América Latina[10][10] el populismo surge como respuesta a la crisis de las oligarquías liberales y forma parte del proceso de constitución de las relaciones de producción específicamente capitalistas en los países de la región, dado que el Estado oligárquico combinaba aún un liberalismo en las relaciones externas con un paternalismo en las relaciones sociales internas. El surgimiento del populismo está ligado a las crisis económicas y políticas del capitalismo mundial, como la primera guerra, la depresión de 1929 y la segunda guerra. En este sentido, el populismo es una respuesta a las crisis del sistema capitalista mundial que conlleva también una crisis de las oligarquías latinoamericanas. Las oligarquías dominantes son desplazadas a través de procesos populistas de su posición hegemónica.

Los límites del populismo


Ahora bien, una pregunta que sigue pendiente es si, en el modo de constitución de las identidades subalternas propio del populismo, éstas no tienen ya sus límites marcados en la disputa por el poder. Si se sostiene, por ejemplo, que el peronismo interpeló a los peones de campo como obreros y trabajadores de las ciudades se puede afirmar que a través de este proceso de interpelación constituyó a los obreros en tanto sujetos políticos y posibilitó así la expansión del poder popular. Pero si los obreros representaban en el peronismo, como comentó Alberto Plá, la columna vertebral del movimiento, no eran, por lo tanto, la cabeza del mismo.
Desde este punto de vista, el populismo es, como suele afirmarse, un intento de dar respuesta a las demandas de los sectores populares sin cambiar las reglas de juego. De hecho, el populismo no se propone una modificación en la propiedad de los medios de producción y se inscribe en el modo de producción capitalista. En este punto, la historia da testimonio de que durante los populismos clásicos se obtuvieron importantes respuestas a nuevas demandas en tanto hubo un reconocimiento de nuevos derechos y distribución de la riqueza, pero no hubo, por cierto, una transformación de las estructuras. Para evitar dicha modificación y el cuestionamiento al statu quo que supone, el populismo clásico se caracterizó específicamente por la creación de estructuras paralelas a las existentes sin afectar la propiedad de los medios de producción.Por ejemplo, para ampliar las posibilidades de acceso de los sectores populares a la Universidad en Argentina, se puede advertir que la estrategia ha sido la creación de la UTN y no la transformación de mecanismos y lógicas que posibilitaban el acceso a las Universidades ya vigentes, entre ellas, la nuestra.
En referencia a esta transformación acotada, Vazeilles sostiene que “en Argentina los dos movimientos democráticos que han intentado reemplazar al régimen oligárquico sin conseguirlo nunca del todo, el radicalismo y el peronismo, han sido calificados de populismo en un sentido peyorativo porque no parece que hayan querido dar en plenitud un gobierno del pueblo y para el pueblo sino algunas concesiones”. Y, en una referencia más amplia, continúa afirmando que “en general los populismos nunca han terminado de responder a las expectativas que generaron tanto en el sentido de armar una estructura interiormente más democrática como en el sentido de llevar hasta el final los procesos de autonomía nacional que prometieron”. A su vez, en el caso particular del peronismo, comenta sobre los límites que el populismo implica, que “el nacimiento del populismo peronista dependió de la movilización de masas en el famoso 17 de octubre. Pero una vez que se instaló en el poder, lo que hizo Perón fue tratar de acotar y controlar esa fuerza usándola moderadamente en su beneficio, no permitiendo un desarrollo autónomo, en relación con lo cual el primer acto fue la disolución del Partido Laborista, cuyos dirigentes se proponían ser parte de un frente político pero sin que los trabajadores y los sindicatos perdieran autonomía”.

Una tensión inevitable

¿No es acaso el populismo el que brinda la posibilidad de la constitución y expansión del poder popular pero a la vez es un impedimento de su desarrollo? ¿No encuentra entonces el populismo su fundamento en una tensión irresoluble?
Si el populismo se interpreta como una alianza de clases entre la burguesía industrial y los sectores asalariados urbanos, es inevitable preguntar en qué medida esta alianza puede dar respuesta a los intereses de una y otra de las clases. ¿No se contraponen inexorablemente? ¿Puede el proletariado dar respuesta a sus intereses a partir de una alianza con la burguesía industrial?Responder negativamente a estas preguntas implicaría considerar al populismo como una perturbación externa en la constitución de las identidades de las clases subalternas. Pero si a diferencia de lo anterior, se puede sostener que es el mismo populismo no el que perturba la constitución de los sectores subalternos sino uno de los modos –y habría que discutir si el único– en que ésta efectivamente se posibilita, puede decirse entonces que el populismo es precisamente una forma en que los sectores populares pueden participar de una cuota de poder. Sería así cierto marco que da el populismo, en tanto modo típico de la política de los países de América Latina, el que habilita la constitución, expansión y expresión de poder de los sectores populares. El populismo mismo no debe considerarse entonces un obstáculo en la constitución de las identidades de los sectores subalternos y, antes que una perturbación externa en el reconocimiento de intereses ya dados, sería el modo históricamente legitimado de constitución e intervención de los sectores populares en América Latina en las luchas por el poder.A diferencia de aquellos que ven en el populismo sólo la posibilidad de una transformación parcial, Nicolás Casullo señala que no hay que considerar como una característica intrínseca del populismo al hecho de que éste encuentre o defina sus propios límites: “Hace poco vi una película –recuerda– en donde una piquetera salteña de cerca de cincuenta años, típica peronista, dice: ‘yo quiero que mi hijo vaya a la universidad’. Ahí hay un populismo que está marcando no una subalternidad sino que, en términos político-ideológicos, una idea democrática de igualdad extrema, para los poderes insoportable”. En este ejemplo se puede observar –agrega Casullo– que “no hay aquí un momento donde el populismo pone algo en segundo lugar, sino que se constituye de una manera en donde la noción de pueblo hace que llegadas ciertas circunstancias lo democrático e igualitario no tenga ninguna otra cosa por encima de él”. Y concluye de modo enfático afirmando que “en este sentido pasa por encima de los que intentan darle una horma”.

Democracia representativa, clasismo y populismo
Más en sintonía con aquellos que en la medida en que no se puede constituir totalmente una democracia como se supone que es el ideal democrático, aparecen posiciones, movimientos y líderes que tratan de alguna manera de saltar esta distancia reconocen ciertos rasgos del populismo por sus diferencias con el sistema de democracia representativa, Korol sostiene que el populismo surge justamente por las falencias de esta última: “. En ese sentido, esto no es lo mejor porque anula ciertos mecanismos de la representación que es importante rescatar y fortalecer”.
En cambio, tanto para Rinesi como para Casullo, las fronteras entre populismo y democracia representativa se hacen menos nítidas en la medida en que ambos insisten en que habría que reconocer en el populismo ciertos rasgos constitutivos de la política, por lo menos de los dos últimos siglos. Para Rinesi, “en el sistema de democracia representativa, lo que se busca es correr los mitos del campo de la política y pensar algo idéntico a sí mismo: el ciudadano que tiene ciertos intereses y elige a sus representantes que deliberan y gobiernan en su nombre. Dentro de este marco no se plantean distorsiones epistemológicas o políticas de lo que sería el verdadero ser”. Y la pregunta que se formula a continuación es si es o no posible esta operación de pensar a la política sin la intervención del mito. La respuesta, que recupera los aportes de tres generaciones de argentinos, Jorge Abelardo Ramos, Ernesto Laclau y Gerardo Aboy Carlés, es que se hace necesario reconocer la presencia del mito en la historia y en la constitución de las identidades políticas. Y en tanto el populismo inscribe en el lenguaje de la política el mito a través de la figura del pueblo, concluye Rinesi que “se podría decir que el populismo sea tal vez la forma misma de la política, que no se puede pensar la política sin cierta dimensión de populismo. Si uno extremara un poco las cosas diría en todas partes, pero sin duda en América Latina”.A su vez, Nicolás Casullo, no muy distante de estas afirmaciones, indica que “podríamos plantear que en la historia de la política moderna cualquier movimiento demócrata romántico burgués tiene un posicionamiento populista en tanto reivindica y mitifica ese momento de unidad del pueblo más allá de sus diferencias frente a determinados embates de la historia”. Y agrega que “se amplía tanto en este sentido el término populismo que la misma pregunta sobre América Latina se podría hacer sobre otras historias”.
En cuanto a las discusiones con el clasismo, también los debates se centraron en torno a si el populismo era o no un desvío en el reconocimiento de una identidad forjada a partir de la posición de clase. En este sentido, sostiene Rinesi que “también en las tradiciones marxistas menos amigas de pensar el lugar del mito en la historia se concibe la identidad constituida en el ámbito de la producción, en este caso el mito aparece como un elemento que distorsiona, confunde y opaca. El mito tendría aquí una función distractiva y la categoría de pueblo debe ser corrida de la escena porque no tendría un correlato en el mundo real de la configuración cierta y objetiva de las identidades sociales”.
Por nuestra parte, en la medida en que asumimos al populismo como un elemento constitutivo, nos distanciamos de dos líneas de interpretación: una es aquella que lo sitúa como un desvío del modelo de democracia representativa que tuvo su origen en los países centrales o de la constitución de las identidades a partir de un posicionamiento clasista, la segunda es la que lo considera como un momento particular de transición de los países de América Latina en su tránsito hacia la modernización. El populismo no es entonces ni el desvío de una supuesta regla ni una etapa que necesariamente hay que atravesar para llegar a una meta pautada. Quisiéramos avanzar, en cambio, como ya adelantamos, hacia una lectura del populismo que lo considere, por el contrario, como un elemento esencial y primero de la política de los países de América Latina. El populismo sería un modo desbordado de la política en relación con un análisis tradicional de partidos políticos y representatividades, pero este carácter no debería ser pensado como una falta, falla, privación, carencia o desorden sino que es ese mismo carácter desbordado de la política el que constituye el fundamento de la actividad política en nuestros países. Este desborde sería, para decirlo con todas las letras, aquello que tiene que ser considerado como originario.
Podría decirse sin duda que el populismo es el modo de constitución de la ciudadanía en América Latina a partir de lo que se evidenció en la experiencia histórica en el siglo XX. Es decir, la constitución de la ciudadanía se hizo posible por la idea mítica de pueblo. En relación con esta tesis, Casullo comenta que “si uno ve la larga historia de la constitución de lo democrático en la política moderna, y en América Latina en especial, está bastante unida la tensión entre constitución de un régimen democrático y presencia, ausencia o reaparición de ese elemento llamado pueblo, que puede estar desconstituido, no constituido, retrocedido, necesitado de modernizar”.

La pertenencia a la comunidad

Un rasgo de la constitución de la subjetividad en el populismo merece ser resaltado. Los sectores populares se definen en él a partir de la noción de comunidad y de lo natural. La racionalidad que se juega en el populismo es la de la religiosidad y no de la relación contractual representante–representado. El populismo naturaliza así los juegos de poder en relación con la pertenencia a una comunidad y sobre la base de un sentido de religiosidad. Casullo señala en este sentido que “todo populismo responde a situaciones de tierra, identidad, sangre, historia, biografía, bien común, idioma y religión”. Y la especificidad de estos rasgos sería, por su parte, la que permitiría definir las características de cada nación. El populismo asume y expresa así una postura nacionalista. Pero, ¿sólo el populismo? Es decir, ¿podríamos pensar la política sin subjetividades que se constituyan, en una de sus dimensiones esenciales, a partir de un sentimiento nacionalista? En ese caso, ¿cuál sería la especificidad del populismo al respecto?
El nacionalismo es un principio, podemos afirmar de acuerdo con Ernest Gellner[11][11], que apunta a la confluencia de los límites de la nación con los límites del Estado y que considera imprescindible, a su vez, que la representación política recaiga sobre miembros de la propia nación. Una pregunta sumamente interesante que podemos recuperar aquí a partir de esta primera definición, y que se hace Gellner, es si puede efectivamente sostenerse la tesis, al parecer incuestionable, que afirma que la aparición histórica de las naciones es la que da origen a los nacionalismos. Sigamos a Gellner en su respuesta. En primer lugar recupera dos perspectivas desde las cuales definir el concepto de nación: una cultural, que afirma que dos hombres son de la misma nación si comparten la misma cultura, y otra voluntarista, que sostiene en cambio que lo son si se reconocen como pertenecientes a la misma nación. Pero ambas, según Gellner, presentan sus dificultades. La voluntarista porque no permite situar las diferencias entre la nación y otros agrupamientos con los que se identificaban las personas, sobre todo en la era preindustrial. La cultural porque la historia muestra que precisamente la pluralidad cultural ha sido la norma frecuente en las sociedades y esto no permitiría entender por qué en las naciones lo que prima es cierta unidad. Así es como Gellner, intentando superar ambas definiciones anteriores, llega a la conclusión de que “las naciones sólo pueden definirse atendiendo a la era del nacionalismo, y no, como pudiera esperarse, a la inversa”. “Lo que ocurre –continúa– es, más bien, que cuando las condiciones sociales generales contribuyen a la existencia de culturas desarrolladas estandarizadas, homogéneas y centralizadas, que penetran en poblaciones enteras, y no sólo en minorías privilegiadas, surge una situación en la que las culturas santificadas y unificadas por una educación bien definida, constituyen prácticamente la única clase de unidad con la que el hombre se identifica voluntariamente, e incluso, y a menudo, con ardor.”[12][12] Estas “culturas desarrolladas estandarizadas, homogéneas y centralizadas” son las que en las sociedades industrializadas constituyen una de las dimensiones esenciales de la subjetividad política.
El nacionalismo es para Gellner “la imposición general de una cultura desarrollada a una sociedad en que hasta entonces la mayoría, y en algunos casos la totalidad, de la población se había regido por culturas primarias”[13][13]. Hay que advertir así un carácter construido del nacionalismo en tanto éste necesariamente inventa tradiciones y apela a la restauración de esencias originales que en rigor son ficticias.
Ahora bien, lo central de todo esto está para Gellner en el reconocimiento del papel necesario y fundamental que tiene este carácter inventivo de nacionalismo en la política: “este aspecto culturalmente creativo e imaginativo, positivamente inventivo, del ardor nacionalista no capacita a nadie para concluir erróneamente que el nacionalismo es una invención contingente artificial e ideológica”[14][14]. El nacionalismo es así el que posibilita en las sociedades industriales imaginar una cultura popular con cierta unidad que pueda oponerse a lo que considera como una intromisión externa y ajena a ella. “El maremoto de la modernización barre el planeta –sostiene Gellner–, y esto hace que casi todo el mundo, en un momento dado, tenga motivos para sentirse injustamente tratado y pueda identificar a los culpables como seres de otra ‘nación’. Si, además de esto, puede identificar a un número suficiente de víctimas como seres de su propia nación, nace un nacionalismo”[15][15].
Según Alberto Plá[16][16] hasta los años ’70 hay tres períodos de nacionalismo en América Latina. El primer nacionalismo puede situarse hacia fines del siglo XIX, cuando se integró la sociedad capitalista y apareció más claramente constituida una burguesía nacional en contraposición a la oligarquía vinculada a los intereses coloniales. El rasgo central de este primer nacionalismo sería el proteccionismo. El segundo nacionalismo surgió a partir de la crisis de 1929 y, a diferencia del anterior, asumió una posición antiimperialista. El tercer nacionalismo, que puede reconocerse en los años ‘60 y ‘70, tendría como rasgos, siempre según Alberto Plá, una articulación más definida con posiciones anticapitalistas.

¿Neopopulismo o fin del populismo?


El neopopulismo presenta a través de características artificiosas lo que en el populismo eran características espontáneas o genuinas. El neopopulismo es una reconstrucción del populismo histórico, retoma principalmente la simbología pero no la expansión de la cuota de poder popular o la participación en la distribución de la riqueza. Así, si el populismo se podía caracterizar a partir de ciertas conquistas sociales, en el neopopulismo sólo se advierte, y no siempre, una defensa de conquistas anteriores, una lucha por mantener los derechos adquiridos en el pasado.
El populismo representa un modo en que se incorporó e integró a la mayoría de la población –como trabajador o asalariado– en una forma política y económica. A diferencia de esto, en el presente se asiste a la exclusión social como fenómeno característico. Al respecto comenta Vazeilles que “en la Argentina hoy los populismos están en franca disolución, porque en el actual período democrático han vuelto escuálida la parte de concesiones a sus representados contraviniendo sus banderas históricas. La bandera histórica del radicalismo era la democratización y fue el radicalismo el que hizo las leyes de impunidad; la bandera histórica del peronismo tenía que ver con el nacionalismo y el sindicalismo y vendió todas las empresas del Estado a la vez que rompió los derechos laborales”. Y concluye que “estos dos partidos no han sido desplazados aún de la historia porque no aparecen representaciones populares de reemplazo con suficiente fuerza”.
Por otra parte, retomando la conceptualización del populismo como tensión constitutiva de la política, Rinesi opina que “lo que hizoMenem fue precisamente cancelar la tensión constitutiva del peronismo populista, y construir por primera vez un peronismo no populista o sólo superficialmente populista. Menem se acercó cada vez más a un discurso nítidamente empresarial, expresando la posición de una derecha conservadora clásica sin siquiera una concesión al conservadurismo popular”
América Latina: Chávez y Lula

A partir de los rasgos esbozados, nos pareció interesante preguntamos si pueden o no caracterizarse como populistas el gobierno de Chávez y la campaña de Lula.Chávez da menos lugar, al parecer, a lecturas diferentes. Por ejemplo, para Korol, puede decirse que Chávez es populista “porque en realidad refiere más claramente al populismo clásico, en términos de constitución de su identidad, de su oposición y de su apelación a ciertas nociones nacionalistas”. Asimismo, según Vazeilles, “el régimen de Chávez puede llamarse populista porque trata de dar satisfacción a los intereses de una vasta masa popular postergada a través de una acción estatal sin que se proponga objetivos socialistas, sin que proponga una reforma del régimen de propiedad privada”.En cuanto a calificar a Lula como populista, Rinesi sostiene que “lo haría con más vacilación, porque proviene de una tradición clasista más nítida, con las complejidades y mediaciones que tiene el conflicto de clases en Brasil, y por las adecuaciones que ha ido haciendo en su discurso y su pensamiento, no con un carácter oportunista”. Para Korol, también “Lula es claramente un líder de izquierda que ha logrado ahora construir un discurso más moderado, lo cual sin duda le permitió, entre otras cosas, ganar las elecciones”. Y señala también que lo esperan desafíos muy fuertes: “va enfrentar desde las alas radicalizadas de su propia fuerza política hasta la misma oposición de Brasil, que no es poca, y las presiones del gobierno norteamericano”.
Con algunas diferencias en la interpretación, por su parte, Vazeilles comenta que “la asunción de Lula es una novedad absoluta, porque nunca en América Latina un partido obrero fundamentalmente basado en los sindicatos y en otros movimientos sociales ha llegado al gobierno por la vía electoral, con un programa que se parece mucho más a las tendencias populistas en general, ya que no se propone una reforma del régimen de propiedad sino una serie de concesiones importantes a sus representados y enarbola banderas nacionales de mayor autonomía de Brasil frente a los EE.UU”. “En el Partido de los Trabajadores –agrega– el peso recae sobre el sindicalismo y los sectores intelectuales, vinculados en general a la teoría de la dependencia, y con los empresarios hay, en cambio, una alianza externa. Por eso se puede decir que es como si fuese el peronismo pero con la hegemonía al revés”.

Identidades y resistencias
En relación con las posibilidades de resistencias políticas a los embates de la profunda crisis que atraviesa Argentina, Korol reconoce que “es muy difícil construir un sistema democrático cuando al mismo tiempo se margina a sectores muy grandes de la población de la política y del mercado”. Pero, según su opinión, las respuestas no tienen que ver con alternativas al sistema de representatividades de la democracia, dado que la actual situación de crisis “no necesariamente expresa una falencia del sistema”. “Es una coyuntura crítica particular –detalla– que nos afecta muy profundamente, pero esto no implica que haya que tirar el sistema por la borda. Yo preferiría la reconstrucción de un sistema que sea al mismo tiempo representativo y vivido como legítimo”.
Casullo, por su parte, considera que las posibilidades de resistencias hay que pensarlas entrelazadas a la aquí tan mencionada noción de pueblo. No desconoce por cierto las distancias que esta postura implica en relación con aquellos que ponen el énfasis en el proceso de la globalización, por un lado, y con aquellos que asumen las tesis centrales de lo que se conoce como la teoría del Imperio, por otro. En relación con esto último sostiene que “hay elementos que hoy están en discusión desde nuevas teorías, a las que muchas veces la izquierda se adscribe ciegamente, que habían sido esenciales de lo que podemos llamar populismo, como la idea de soberanía, de pueblo, de nación, de frontera, de defensa territorial, que aparecen como anacrónicas y retrasantes de lo que sería un nuevo sujeto político metropolitano llamado multitud o experiencia intelectual de nuevo cuño de masas que no tendría que responder a esas variables”.
Entonces, a diferencia de aquellos que consideran al populismo como algo anacrónico, regresivo, o algo a lo que la historia y sus leyes no le responderían, Casullo sostiene que “no podemos abandonar nociones de pueblo, de soberanía, de Estado o de unidad popular en un momento donde todo esto está absolutamente golpeado y herido”. Reconoce sin embargo, como para adelantarse a una crítica tan rápida como simplista, que el hecho de no abandonar estas nociones “no impide que haya que actualizarlas”.Rinesi sostiene al respecto que la noción de pueblo “además de mítica es equívoca, porque tiene una potencialidad de integración y unión, que tiende a cerrar el campo de las significaciones, pero al mismo tiempo tiene una dimensión de conflicto, ruptura y enfrentamiento, entre el pueblo y lo que no sería el pueblo, es decir, las clases privilegiadas”. Y reconoce a estos dos momentos, uno consensualista y otro conflictivista, como constitutivos del populismo. “El populismo –agrega– vive en esa tensión”. “Y si se quiere resolver la tensión –señala de modo categórico– se termina con el populismo y también con la política”. Y concluye entonces que “esto mismo que estamos diciendo del populismo lo dice Emilio de Ípola sobre la política en su último libro, Metáforas de la política. Sostiene de Ípola que hay dos grandes metáforas para pensar tradicionalmente la política, como orden y como ruptura, y que si nos quedamos con una sola de estas metáforas no podemos pensar la política”.
El pueblo, podemos agregar por nuestra parte, no siempre ha pasado a la historia. Y, como todo sujeto político, no puede ser pensado sino también a partir de contradicciones y opacidades. Por lo tanto, tenemos que reconocer que el pueblo no expresa de por sí, de modo evidente y autorreflexivo, una verdad.

El populismo* por Pablo Livszyc * Esta nota fue publicada en el número 51 de la Revista Ciencias Sociales, Dirección de Publicaciones, Facultad de Ciencias Sociales, UBA. Agradecemos las entrevistas a los profesores Juan Carlos Korol, titular de Historia Latinoamericana de la Carrera de Ciencia Política, Eduardo Rinesi, adjunto de Teoría Política y Social II de la Carrera de Ciencia Política y en Teoría Política y Teoría Estética de la Carrera de Sociología, Nicolás Casullo, titular de Principales Corrientes de Pensamiento Contemporáneo y José Vazeilles, titular de Historia Argentina y Latinoamericana, éstos últimos de la Carrera de Ciencias de la Comunicación. Asimismo, apreciamos especialmente el escrito que nos hizo llegar Marcelo Garabedian, docente de Historia Latinoamericana en la cátedra de Ricardo Cicerchia de la Carrera de Ciencia Política.



[1][1] Para una revisión exhaustiva de la bibliografía ver la introducción a Populismo y Neopopulismo en América Latina, María Moira Mackinnon y Mario Alberto Petrone (comp.), Buenos Aires, Eudeba, 1999.
[2][2] Romero, Luis Alberto, Breve historia contemporánea de la Argentina, Buenos Aires, FCE, 1994.
[3][3] Romero, L. A.; op. cit.; pág. 131.
[4][4] Romero, L. A., op. cit.; pág. 145.
[5][5] Plá, Alberto, “Nacionalismo, peronismo y América Latina” en Historia Integral Argentina, tomo VIII: El peronismo en el poder, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1974.
[6][6] Plá, A., op. cit.; pág. 80.
[7][7] Plá, A., op. cit.; pág. 80.
[8][8] Plá, A., op. cit.; pág. 80
[9][9] Romero, L. A., op. cit.; pág. 148.
[10][10] Ianni, O.; La formación del Estado populista en América Latina, México, Ediciones Era, 1984.
[11][11] Gellner, E., Naciones y nacionalismos, Buenos Aires, Alianza, 1991.
[12][12] Gellner, E.; op. cit.; pág. 80.
[13][13] Gellner, E., op. cit. ; pág. 82.
[14][14] Gellner, E., op. cit.; pág. 80.
[15][15] Gellner, E., op. cit.; pág. 145.
[16][16] Plá, A., op. cit.

Ejericicio de Resumen:

Vocabulario:

El Termino Populismo: En los distintos autores que abordaron la problemática,
la complejidad del concepto se puede advertir por el hecho de que éste remite a una
Heterogeneidad
tal que abarca:( carácter polifónico)
- una expresión o forma política, movimientos, partidos, gobiernos y regímenes
- también rasgos tales como liderazgo carismático , nacionalismo, desarrollismo,
- reformismo, movimiento de masas, partidos políticos policlasistas
- e incluso a ideologías, actitudes discursivas o modos de interpelación.

A modo de repaso te propongo un ejercicio que consiste en identificar la frase con el autor:


Luis Alberto Romero - Juan Carlos Korol - Eduardo Rinesi - Nicolás Casullo - José Vazeilles - Alberto Plá - Octavio Ianni

1) ..El clientelismo es la característica central de los más estudiados populismos latinoamericanos..

2) “todo populismo responde a situaciones de tierra, identidad, sangre, historia, biografía, bien común, idioma y religión”

3) "El populismo es el rasgo fundante de las identidades políticas latinoamericanas”.


4) “se podría decir que el populismo sea tal vez la forma misma de la política, que no se puede pensar la política sin cierta dimensión de populismo. Si uno extremara un poco las cosas diría en todas partes, pero sin duda en América Latina”.


5) “
Las versiones que tienden a anclarlo en un momento y en un lugar en general reconocen al populismo como una expresión política que está muy ligada al momento de industrialización sustitutiva, al período posterior a los años ‘30 en América Latina y hasta los años ‘60. En general el populismo adoptó una política económica más bien redistributiva, y en términos de ideología, construía un antagonista que tenía que ver con las oligarquías o el imperialismo. Ésta es una visión acotada que suele ser útil en términos de precisión de la categoría. La otra concepción resalta ciertas características, básicamente el tipo de liderazgo que es más bien paternalista, a veces carismático, el tipo de alianza social que lo apoya, que suele ser heterogénea, y lo que podríamos llamar el estilo político, con lo cual uno puede encontrar rasgos del populismo antes del populismo clásico y sobre todo después”.

6) “el populismo clásico implicaba una cierta alianza de sectores trabajadores, obreros, en algunos casos campesinos como es el caso de México, y políticas tendientes a la redistribución, a veces implicaba también el aumento del déficit de las cuentas del Estado y finalmente la industrialización sustitutiva”.

7) Chávez es populista “porque en realidad refiere más claramente al populismo clásico, en términos de constitución de su identidad, de su oposición y de su apelación a ciertas nociones nacionalistas”.


8) Destaca como rasgos del populismo “proponer excepciones al régimen de propiedad para poder distribuir mejor el ingreso, o dar curso a una política laboral y entregarle al Estado el papel de contrapeso de los monopolios externos, para lo cual con mucha frecuencia tuvo que hacer emprendimientos estatales el clientelismo característica central de los más estudiados populismos latinoamericanos"..

9) “el populismo no es una forma orgánica sino que es una designación teórica utilizada para describir fenómenos que no cuadran en regímenes previos más definidos en América Latina, como pueden ser las dictaduras militares, los regímenes conservadores oligárquicos o el único caso de socialismo”.

10) no sin discusiones y vacilaciones, se caracteriza como populistas, entre otros, los siguientes gobiernos: Yrigoyen y Perón en Argentina, Calles y Cárdenas en México, Getulio Vargas en Brasil, José María Velasco Ibarra en Ecuador, Paz Estensoro y Siles Zuazo en Bolivia, Víctor Raúl Haya de la Torre (por la fundación de APRA, aunque nunca llegó al poder), Belaúnde Terry, Velasco Alvarado y Manuel A. Odría en Perú, Fidel Castro en Cuba (“antes de la transición al socialismo” en palabras de Ianni), Batlle en Uruguay, Jorge Eliécer Gaitán en Colombia, Pérez Jiménez en Venezuela, Marin en Puerto Rico, Arbenz en Guatemala e Ibáñez en Chile.

11) “en Argentina los dos movimientos democráticos que han intentado reemplazar al régimen oligárquico sin conseguirlo nunca del todo, el radicalismo y el peronismo, han sido calificados de populismo en un sentido peyorativo porque no parece que hayan querido dar en plenitud un gobierno del pueblo y para el pueblo sino algunas concesiones”. según Vazeilles, “el régimen de Chávez puede llamarse populista porque trata de dar satisfacción a los intereses de una vasta masa popular postergada a través de una acción estatal sin que se proponga objetivos socialistas, sin que proponga una reforma del régimen de propiedad privada”.

12)“la asunción de Lula es una novedad absoluta, porque nunca en América Latina un partido obrero fundamentalmente basado en los sindicatos y en otros movimientos sociales ha llegado al gobierno por la vía electoral, con un programa que se parece mucho más a las tendencias populistas en general, ya que no se propone una reforma del régimen de propiedad sino una serie de concesiones importantes a sus representados y enarbola banderas nacionales de mayor autonomía de Brasil frente a los EE.UU”. “


13) Peron“además de dirimir conflictos específicos, por la vía de contratos colectivos, que supervisaba la Secretaría, se extendió el régimen de jubilaciones, de vacaciones pagas, de accidentes de trabajo, se ajustaron las categorías ocupacionales y en general se equilibraron las relaciones entre obreros y patrones, incluso en la actividad misma de las plantas. En muchos casos se trataba simplemente de aplicar disposiciones legales ignoradas. La sanción del Estatuto del Peón innovó sustancialmente, pues extendió estos criterios al mundo rural, introduciendo un elemento público en las relaciones manejadas hasta entonces en forma paternal y privada”[2][3]. Y una vez llegado Perón a la presidencia, agrega Romero que
14) “el Estado benefactor contribuyó decididamente a la elevación del nivel de vida: congelamiento de los alquileres, establecimiento de salarios mínimos y de precios máximos, mejora de la salud pública, planes de vivienda, construcción de escuelas y colegios, organización del sistema jubilatorio, y en general todo lo relativo al campo de la seguridad social”
15) fuerte participación del Estado en la dirección y regulación de la economía, nacionalización de empresas extranjeras, como las vinculadas a ferrocarriles, electricidad, gas y teléfonos, y la nacionalización del Banco Central, desde donde se pudo manejar la política monetaria, crediticia y el comercio exterior.



16) ...
hasta los años ’70 hay tres períodos de nacionalismo en América Latina. El primer nacionalismo puede situarse hacia fines del siglo XIX, cuando se integró la sociedad capitalista y apareció más claramente constituida una burguesía nacional en contraposición a la oligarquía vinculada a los intereses coloniales. El rasgo central de este primer nacionalismo sería el proteccionismo. El segundo nacionalismo surgió a partir de la crisis de 1929 y, a diferencia del anterior, asumió una posición antiimperialista. El tercer nacionalismo, que puede reconocerse en los años ‘60 y ‘70, tendría como rasgos, siempre según Alberto Plá, una articulación más definida con posiciones anticapitalistas

17) el populismo surge como respuesta a la crisis de las oligarquías liberales y forma parte del proceso de constitución de las relaciones de producción específicamente capitalistas en los países de la región, dado que el Estado oligárquico combinaba aún un liberalismo en las relaciones externas con un paternalismo en las relaciones sociales internas.


18)El surgimiento del populismo está ligado a las crisis económicas y políticas del capitalismo mundial, como la primera guerra, la depresión de 1929 y la segunda guerra. En este sentido, el populismo es una respuesta a las crisis del sistema capitalista mundial que conlleva también una crisis de las oligarquías latinoamericanas. Las oligarquías dominantes son desplazadas a través de procesos populistas de su posición hegemónica